VIII edición Premios de Relatos Cortos

26 septiembre, 2010

Categoría:Noticias

En un acto repleto de público, se entregaron en el salón Cultural del Convento de Valdealgorfa los premios a la VIII edición del concurso de Relatos Cortos “Salvador Pardo Sastrón”. En esta ocasión los premiados fueron :
Primer premio : Pilar Arroyo Manzano de Villaviciosa de Odón (Madrid), por su obra “Secuencia cromática”
Finalista : Antonio Monfort Gasulla, de Valderrobres (Teruel), por su obra “Siempre juntos”
A continuación, incluimos las obras ganadoras para aquellos que quieran leerlas.
SECUENCIA CROMATICA (Por LUCANELAS)
El aire del pinar se movía fresco aquella mañana. Reposó la toquilla sobre los hombros y se dispuso a pintar. Sus manos aún tenían vigor para sujetar el pincel, aunque sus ojos, saturados de años, no captaban con nitidez todos los colores. Rompió el blanco del lienzo desde el primer momento, cuando se lo regalaron para llenar las horas vacías. Su alma bohemia había declinado seguir con la escritura porque salvar las lagunas del tiempo era imposible, y se perdía en un mar de olvidos que no hacían más que velar de gris su mirada. Deslizar la acuarela por la tela era la única plegaria muda que todavía se podía permitir.
Eligió el azul cerúleo para el cielo, sin manchas que enturbiaran la luz ni sombras que eclipsaran su transparencia. Los movimientos salían de sus manos con rapidez, antes de que perdieran de vista lo que tenía en mente. Se dejaba llevar por una corriente teñida de momentos del pasado, que depositaba en el sitio adecuado con pequeños retoques. Como empujada por un torrente, recordó los ojos de su marido, del mismo azul que el cielo que había pintado. En esa mirada se había refugiado en los peores días, y también se había dejado prender por su fuego. Tras echar una ojeada al cuadro, su semblante cambiaba al son de los recuerdos.
Si hubiera tenido la posibilidad de elegir, guardaría a buen recaudo todo lo que ahora se le iba a raudales. Los años del comienzo, cuando el futuro aparecía al final del camino con promesas; las alegrías de los hijos, cuando crecían por momentos; las fuerzas de la juventud, cuando cualquier problema era nimio; la sabiduría de los años, cuando cumplirlos todavía no pesaba…Y sin embargo, el olvido azotaba sus recuerdos sin pedirle permiso, llevándose con él hasta el último vestigio del pasado.
En los momentos lúcidos, se apresuraba a plasmar en la acuarela lo que la evocación traía a su mente. Manejaba la paleta con brío para no dejarse nada en el tintero, pero a veces, sorprendida por las garras del extravío, mezclaba las ideas y el dibujo se emborronaba difuminando perfiles y tonalidades. Incapaz de mantener una línea lógica en el pensamiento, la rutina diaria de pintar la envolvía en una crisálida donde la ilusión todavía tenía cabida.
Mojó el pincel en amaranto y esbozó los rayos del sol. Atravesaban el plano sin impedimentos, como cuando vivía con la soltura de sus años jóvenes: la velocidad de los días, el entusiasmo en sus ideas, la vorágine de la despreocupación…todo ello sucumbiendo a la intensidad de un color que lo cubría de rojo; de carmesí sus labios cuando todavía hablaban con vehemencia… de cereza el pelo antes de encanecer…de bermellón los atardeceres allá en su ciudad natal…
Su hijo le había regalado el caballete y las pinturas siguiendo los consejos del médico, en un intento de frenar lo irremediable y que no se desvanecieran los últimos retazos de una vida. Todavía sin perder la habilidad manual, se agarró al atril como a tabla de salvación, robándole al destino lo poco que podía. Se levantaba con el ansia de salir al jardín y dejarse llevar. Había veces en las que la confusión se apoderaba de ella y el lienzo, cual presencia impasible, aparecía intacto, tiznando de tristeza su ocre expresión. Otras, todavía las más numerosas, enlazaban las historias en su cabeza como corales marinos, cubriendo de una tenue pátina su sonrisa.
Coloreó de marrón tierra la base del lienzo. Arrastrada por el aleteo del negro humo del tiempo, revivió cuando el desorden entró por la puerta e invadió su vida lentamente, como si quisiera darle ventaja para escapar. Deambulaba entre la demencia y la cordura; y sin poder cambiar nada en su interior, se amarraba con fuerzas al presente para no perder del todo las riendas. Borraría, si pudiera, la fuerza con la que aquel huracán ensombreció su paraíso.
Temía que su pasado se disipara, y perdida en sus ausencias, más de una vez creyó ver los personajes creados en su vida literaria en los rostros que la rodeaban; mosaicos que estructuraban su realidad hasta que una orden cabal, fragmentándola cual tela de encaje usado, la devolvía de golpe a un presente del que no podía escapar.
Pero aquella mañana se vistió de magenta, pues el ánimo empujaba con ímpetu. Quería terminar el cuadro antes de la hora de la visita. Su mirada ambarina rebuscaba los matices perfectos; deseaba regalar su obra en un día tan especial. Antes de que su frágil identidad se sumergiera en una distracción perpetua, untó de verde oliva la brocha y firmó serena y firme en el ángulo derecho. Por un momento, que desearía fuera eterno, dejó de sentirse senil.
Su hijo llegó a la hora prevista y supo por la cálida mirada de su madre que hoy sí le había reconocido. Y aunque no había consuelo que aplacara lo que les tocaba vivir, se negaba a que ninguna lágrima despintara la acuarela que las manos de su madre, moteadas hoy de arco iris, había creado para él. Una vez más, el claroscuro reinaba en sus vidas.


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